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Susan Sontag y la hipernovela

The Guardian acaba de publicar una nota en la que presenta el nuevo ensayo de Susan Sontag At the same time, un libro sobre literatura en el que la autora manifiesta su postura ante los avances tecnológicos relacionados con el futuro de las letras.

Es más que interesante observar las ideas que expresa Susan Sontag en relación a las nuevas tendencias estético-literarias y, sobre todo, su visión sobre la ficción y la hiperficción.

Aquí he traducido algunos de los pasajes más relevantes del texto, en los que la escritora critica la postura de ciertos movimientos artísticos actuales que sostienen la idea del fin de la novela tradicional y la lenta desaparición del concepto de autor único y todo poderoso. En lugar de exaltar la novedad de la hipernovela, Susan Sontag prefiere afirmar que la literatura online no marcará el final del libro, y que, mucho más peligroso para su futuro, es la contaminación artística con la narrativa televisiva:

“La novela, tal como la conocemos, ha llegado a su fin. Sin embargo, no hay por qué lamentarse. Algo mejor (y más democrático) va a reemplazarla: la hipernovela, que será escrita en el espacio no-líneal y no-secuencial hecho posible por la computadora.
El nuevo modelo de ficción propone liberar al lector de los dos pilares de la novela tradicional: narrativa líneal y autor. El lector, forzado cruelmente a leer una palabra después de la otra para alacanzar el final de la frase, un párrafo después del otro para alcanzar el final de una escena, va a regocijarse al aprender que la “verdadera libertad” para el lector es ahora posible, gracias al advenimiento de la computadora: “libertad ante la tiranía de la línea”.

Una hipernovela “no tiene principio, es reversible; tenemos acceso a ella a través de varias entradas, ninguna de las cuales puede ser declarada autoritativamente como la principal”. En lugar de seguir una historia líneal dictada por el autor, el lector puede ahora navegar a su antojo por “la expansión infinita de las palabras”.

Pienso que la mayoría de los lectores estará sorprendido al enterarse de que la narración estructurada, desde el esquema más básico de principio-nudo-desenlace de los cuentos tradicionales hasta las narrativas más construídas, no-cronológicas y con una pluralidad de voces, es en realidad una forma de opresión en vez de una fuente de placer.

Los abogados de la hiperficción sostienen que los argumentos son limitantes y se irritan ante esta idea. Dicen además que resentimos la necesidad de ser liberados de la vieja tiranía del autor que dicta cómo la historia debe seguir y desean ser verdaderos lectores activos que, en cualquier momento de la lectura, pueden elegir entre varias continuaciones alternativas o resultados de la historia reorganizando sus bloques de texto.
Se dice a veces que la hiperficción copia la vida real, con su miríada de oportunidades y sorprendentes desenlaces. De esta manera supongo que la hiperficción está siendo pregonada como una especie de realismo más elevado.

A esto, contestaría que, si bien es verdad que esperamos organizar y darle sentido a nuestras vidas, no esperamos escribir las novelas de otros. Y uno de los recursos que tenemos para ayudarnos a darle sentido a nuestras vidas, y tomar decisiones, y proponer y aceptar normas para nosotros mismos, es nuestra experiencia de voces singulares y autoritativas, no las nuestras, que maquillan este gran cuerpo de trabajo que educa al corazón y a los sentimientos y que nos enseña a estar en el mundo, que incorpora y defiende las glorias del lenguaje: a saber, la literatura.

Estas proclamaciones que el libro y la novela en particular están acabando no pueden simplemente atribuirse a la travesura ejecutada por la ideología que está dominando en los departamentos de literatura en muchas universidades importantes de Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa.
La fuerza real detrás del argumento contra la literatura, contra el libro, viene, creo, de la hegemonía del modelo narrativo propuesto por la televisión.
Una novela no es un conjunto de propuestas, una lista o una colección de agendas, o un itinerario abierto y revisable. Es el propio viaje, hecho, experimentado y completado.

El placer de la ficción es precisamente que ella se mueve hacia un final. Una novela es un mundo con fronteras. Por eso, para ser entera, unida y coherente, tiene que haber fronteras. Todo es relevante en el viaje que hacemos entre esas fronteras. Uno podría describir el final de la historia con un punto mágico de convergencia para miradas cambiantes: una posición fija a partir de la cual el lector ve cómo los elementos que al principio parecían dispares se juntan en el final.

Hay una distinción esencial -tal como yo la veo- entre historia, de un lado, que tienen unemeta, un final, una complitud, cierre, y, del otro, la información que es siempre, por definición, parcial, incompleta y fragmentaria.”

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