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Memoria fotográfica digital

Julián Gallo daba hace poco algunas razones que lo llevaban a imprimir las fotografías familiares digitales. Estas razones tenían que ver con la facilidad con la que estas fotos pueden desaparecer de portales de almacenamiento online, y también con la nocion de obsolencia digital que implica que ante la aparición de nuevos soportes tecnológicos, los viejos tienden a perder cualquier tipo de compatibilidad con los más recientes, haciendo que se vuelva imposible recuperar cierta información más antigua. Un claro ejemplo podría ser la imposibilidad de leer los contenidos de los viejos disquettes en las nuevas computadoras que no tienen ni siquiera disquetera.
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En relación a este tema, ya habíamos publicado un artículo sobre un asunto similar, que trataba, esta vez, de la relación entre la materialidad de los antiguos soportes (en este caso los casettes) y la desmaterialización constante que vivimos día a día, ya sea de los contenidos o incluso del lenguaje. Aquí está esa nota.

Otro punto interesante en relación a la fotografía digital, la materialidad y la virtualización de las prácticas cotidianas, es la manera , cada vez más rápida, que tenemos de sacar las fotos. Mientras que en el comienzo, el modelo debía permanecer durante algunas horas delante de la cámara, ahora, con la desaparición de la fotografía analógica y de los rollos y del revelado pago, el cerebro ya casi no piensa antes de tomar la foto. Si la foto no es buena, se borra y se vuelve a comenzar. Este hecho anodino termina por generar fotografías sensiblemente diferentes de las que existían durante la época analógica. Las fotos se vuelven un poco más espontáneas, las tomas, menos cuidadas; ya no hay tanta pose como antes (aunque la pose siga existiendo) ni tanta preparación. Claro que todo esto se encuentra matizado por el hecho de que muchas de esas fotografías desaparecen casi instantaneamente cuando la persona, al ver que la foto no es buena, la borra apenas ha terminado de apretar el botón para dejar espacio en la carta memoria de la cámara. Las fotos con mas suerte quedan guardadas en la memoria y, al ser traspasadas a la computadora, son luego borradas y desaparecen.

Ahora bien, mientras que nosotros, habitantes de la transición de lo analógico a lo digital, podemos pensar en esa necesidad de conservar la huella analógica, los otros, los ciudadanos de la era puramente digital, pueden, ¿por qué no hacerlo?, preguntarse por el destino de todas esas fotos que borramos casi automáticamente, cuando la toma no nos satisface. Así es que ha aparecido un proyecto llamado Deleted Images que propone a los internautas enviar sus fotos borrosas, mal encuadradas o fuera de foco a su sitio internet. De esta manera las imágenes que iban a estar directamente consagradas a ser borradas toman nueva vida y se exhiben en el sitio internet. El mecanismo de envio es más que sencillo; no hace falta ni siquiera inscripción, basta con enviar por mail la foto en cuestión para que luego sea publicada.

Es interesante pensar en este tipo de fotografías ya que son cosa exclusiva de la era digital. Aunque las fotos borrosas o mal sacadas existieron desde siempre, la facilidad y el abaratamiento de costos han aumentado el número de las fotos deshechables. Se ha, quizá, abandonado la precisión o, simplemente, se la está obteniendo de manera diferente. Antes, la precisión se alcanzaba con paciencia, buen conocimiento de la técnica y sensibilidad. Ahora la precisión se alcanza por multiplicación y decantación: de tantas fotos sacadas, alguna tendrá que ser buena. Este aspecto de la cultura fotográfica contemporánea está íntimamente relacionado con lo que Beatriz Sarlo llamó la exageración hiperrealista:

el cine ha hecho una escalada en su forma de representar la violencia: hace cuarente años, el duelo a tiros dependía de la velocidad, la puntería, los desplazamientos en el espacio, la astucia y la fortuna de los duelistas; hoy el éxito en un enfrentamiento descansa en la potencia del arma y la decisión de usarla en exceso, más allá de cuanto, según la retórica anterior, se consideraba necesario. Para simplificar las cosas: un tiro era suficiente en cualquier clásico del oeste; varios tiros mataban a un adversario en las películas policiales, sólo una destrucción masiva del cuerpo asegura una muerte eficaz en el cine actual.

La escritora argentina hace referencia a las maneras diferentes de dar muerte y sus diferentes representaciones cinematográficas. Veamos por ejemplo, como sucedía en las películas del oeste:

Los tiros respondían a una idea de precisión y destreza. Veamos en cambio como se representa la muerte en una película más moderna, como El Mariachi:

La comparación con este film muestra que, incluso tratándose de una estética que busca citar a los lejanos westerns, los parámetros que se manejan a la hora de matar a alguien ya no son los mismos. El recurso de la hipérbole va así aumentando a medida que pasa el tiempo. Basta con observar, por ejemplo, como se representa una matanza en cualquier videojuego contemporáneo para confirmar esta idea de la exageración hiperrealista:

Así es que mientras que los disparos pasan de ser un único tiro certero y mortal a ser una multipliación exagerada de tiros, bombas y potencia, lo mismo ocurre con la manera de “disparar” una cámara fotográfica digital. Las fotos se multiplican, y de tanta multiplicación automatizada, es probable que se termine colando algo interesante.

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nestor dijo,

Enero 6, 2008 @ 10:20 pm

Fascinante la nota.
Gracias

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