Leyendo al crítico de arte italiano Domenico Quaranta, un ferviente seguidor de los cambios aportados por los mundos virtuales en la ontología de la obra de arte, doy con una interesantísima reflexión sobre el entorno estético de Second Life. Analizando los trabajos de Scott Kildall (miembro del grupo Second Front), y sobre todo su serie de “capturas” Paradise ahead, Domenico llega a decir que la idea de este artista es mostrar que, en Second Life, la realidad se vuelve una construcción falsa, impotente e ineficaz. Para ejemplificar esta noción, basta con comparar algunas imágenes reales (originales, quizá, desde el punto de vista de la densificación de las capas de realidad) y sus duplicados en el mundo virtual:


A la derecha podemos ver una fotografía de la performance Shoot realizada por el estudiante de arte californiano Chris Burden en 1971. En dicha manifestación, un amigo le disparaba con una carabina con la intención de rozarlo a penas. El público observaba paralizado.La ficción del hecho artístico había quedado por un instante suspendida por la peligrosidad y el verismo de la situación.
En la transposición virtual realizada por Kindall (a la izquierda), la performance pierde toda su violencia. La explicación de Domenico Quaranta es que incluso el evento más emotivo o dramático se transforma en una parodia de sí mismo (tal vez en el sentido brechtiano de la distanciación) cuando se intenta ponerlo en escena en el mundo virtual. La comparación es válida, ya que en ambos casos se trata de una fotografía que sirve de documentación de una performance artística.


Otra vuelta de tuerca se produce con una nueva versión (estamos ya en el medio de la era de las versiones) de la performance Shoot, también en el entorno de Second Life; esta vez realizada por Eva y Franco Mattes. Esta pareja de artistas produce, dentro de su proyecto Syntethic Performances, obras que intentan reproducir perfomances históricos dentro del mundo de síntesis. Se trata, otra vez, de replicar manifestaciones estéticas. Crear sus dobles virtuales a través de una mímesis que muchos creyeron (creímos) acabada. Ahora el arte virtual copia al arte real (si existe algo que podríamos llamar “arte real”).
Ahora bien, según el crítico italiano, esta versión de Shoot se acerca mucho más a la fuente, a la primera manifestación de C. Burden, teniendo así un efecto mucho menos paródico que la realización virtual anterior. El resultado más “realista” ayuda a no perder tanto dramatismo y seriedad.
Estas imágenes, según Domenico,no hacen hincapié en la impotencia propia del mundo virtual sino en un mundo real “anestesiado por los medios masivos de comunicación” en el que la performance original de Shoot es tan impotente como su versión virtual.
Si como lo afirmaba Nietzsche, el arte es la verdad de la ficción, el arte en Second Life es el espejo de esa ficción. El dilema es que ahora ya no sabemos dónde se situa la ficción y dónde la verdad. Imaginemos que pasaría si hoy en día alguien como Chris Burden realizase la misma performance que llevó a cabo en 1971: como lo señala D.Quaranta, la gente sacaría sus maravillosos teléfonos celulares y comenzaría a grabar el evento. En minutos, el video estaría disponible en YouTube. Esto convertiría a la performance en un simple espectáculo. La diferencia irritante entre ficción y realidad tiende a desaparecer. Olvidarse del riesgo de una performance y querer captarla con un teléfono la transforma ipso facto en una “manifestación-para-ser-mirada”, en un espectáculo. Lo mismo pasa cuando se trata de un hecho real, un accidente de tránsito, un robo, una desgracia. La gente, los periodistas ciudadanos, se apresuran a captar el evento, a convertirlo en un hecho-para-ser-contado, en una narración. En ese sentido, como lo indica Domenico, el video (y la democratización y la miniaturización del mismo) nos llevan a la espectacularización de la vida y a la muerte del performance art.















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